¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción; y el mayor bien es pequeño; que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son.

lunes, 18 de febrero de 2008

EL RUIDO

El ruido. Magnate del aire que turba los sentidos.
Estruendo de risa que hace vibrar los hilos de un suspiro.
Hipnotizador de dulces serpientes que abordan el oasis de los sueños.
El ruido, tan dulce como la hiel, tan amargo como la piel de la vida.
El ruido, savia que corre por las venas de un espacio macizo
que salpica los pasos de un recuerdo falso.
El ruido, fragancia de un amor que tatuó besos.
Hacha de guerra que grita al compás del melódico llanto de un niño.
Capricho del mundo que enreda los filos del día.
El ruido... el ruido.

miércoles, 13 de febrero de 2008


No hay nada en el mundo tan voluble como el hombre

EL SECRETO DE MI ABUELO II

Cuando éramos pequeños, mis primos y yo pasábamos mucho tiempo en la casa de mis abuelos. Viven en un enorme caserón viejo, de esos que tienen paredes de tierra rojiza forradas de tela, unas rejas de forja enormes, pisos recargados de dibujos florales y habitaciones gigantes. Tan gigantes que, en invierno, por mucho que te arropes con ocho mantas, sigues teniendo frío. Los colchones son de lana. Los abuelos están tan acostumbrados a vivir así que no se quejan, pero después de dormir con un simple pijama de tela y un solo edredón, en colchón Flex, todo se te hace un mundo. A mi primo y a mí lo único que nos gustaba de estas camas era saltar encima, porque tienen unos somieres de muelles tan gordos que ni un elefante podría romperlos.

Mi prima decía que la casa había pertenecido a una familia noble del s. XVII. Pero es que ella era "Antoñita la Fantástica”. Para ella la casa de mis abuelos guardaba secretos en sus paredes y decía que, por la noche, cuando todo estaba en silencio y la madera de los muebles crujía, estos entablaban conversaciones y comentaban lo que había pasado en la casa a lo largo del día.

¡Cómo nos gustaba reírnos de mi prima! Casi todos los días jugábamos al escondite mi primo Pepe, ella y yo. Imagínate jugar al escondite en una casa con más de veinte habitaciones. Como en ellas se podía escuchar el eco de los ruidos, Pepe y yo engañábamos a “Antoñita”. Ella se creía muy lista y decía que nos encontraba a la primera. Pero de eso nada. Sabíamos que, si movíamos un mueble en una habitación ella iría corriendo allí, y, en ese tiempo, aprovechábamos para salvarnos. Ella se enfadaba porque decía que hacíamos trampa y perjuraba mil veces que no volvería a jugar más con nosotros. Pero siempre lo volvía a hacer, y siempre le volvíamos a engañar.

La casa de mis abuelos, además tenía corral enorme donde mi abuelo criaba gallinas, conejos y, en Navidad, un corderito. Mi prima siempre le llamaba Bambi. No sé por qué, porque Bambi era un ciervo. Creo que no había visto la película y, como era “Antoñita la Fantástica” se la inventaba en su cabeza y cambiaba al pobre ciervo huerfanito por un corderito a punto de ser devorado entre veinte hambrientos humanos en Nochebuena.
La cueva si que le llamaba la atención a mi prima. Llevaba años intentando asaltar el subterráneo. Nosotros le ayudábamos porque también sentíamos curiosidad de ver lo que había allí abajo. Aunque mi abuelo nos había dicho que era peligroso porque era muy honda y, a veces, se desprendían gases tóxicos. El abuelo siempre nos frustraba el intento porque nos pillaba manos a la obra.

“Antoñita” llevaba mucho tiempo sin intentarlo ya y, un día, comiendo, me hacía señas. Cuando mi abuela y mi madre fregaban los cacharros me dijo que el abuelo se marchaba al campo y que aprovechásemos para bajar a la cueva. Nosotros le seguimos la corriente, aunque decidimos que, por si ocurría algo de verdad, se lo contaríamos al abuelo. Él entonces planeó algo para dar un escarmiento a su nieta la exploradora. Era incluso más travieso que nosotros. El plan era el siguiente: ayudaríamos a bajar a mi prima, ya que, según ella, era la mayor, la más inteligente y a la que menos miedo le daban los fantasmas. Nosotros mientras empapábamos de misterio el asunto metiéndole miedo. Pero en el tema de la cueva, era implacable.

Comenzamos la expedición. Cuando mi prima había recorrido ya la mitad de las escaleras, mi abuelo llegó y nos condujo a una puerta que era un atajo al fondo de la cueva. ¡Sí que guardaba secretos la casa! Por eso ella no escuchaba nuestras voces. Ya no estábamos arriba, sino abajo. Una vez en el fondo hicimos pequeños ruidos para asustarla. Estaba lleno de gatos. Mi abuelo les alimentaba con las sobras de la comida y, para no tener que bajar todos los días, lo tiraba por un canal que iba desde la cocina al fondo de la cueva. Allí se pueden reunir más de 30 gatos de todo el pueblo. Es que mi abuela hace una comida muy rica.
Decidimos que, si tirábamos la comida en ese momento a ella le aterraría aún más y pensaría, como era tan fantástica, que allí abajo había alguien a quien alimentar: un hermano malformado de nuestras madres ( como Cuasimodo) o una alimaña secreta que mi abuelo escondía.
Cuando ella ya estaba en el fondo de la cueva mi primo Pepe, que era más bajito que yo, aprovechó un descuido de “Antoñita” en que no estaba alumbrando las paredes y cruzó ante ella, con la cara tapada claro, como un rayo. Ella se quedó rígida. No pude ver la expresión de su cara porque estaba muy oscuro. Le entró tal pánico en el cuerpo que, sin pensárselo dos veces, abandonó la operación.
Para que nos encontrase arriba cuando volviese, subimos rápido por el atajo, tan rápido como la risa nos dejaba. Al llegar arriba mi abuelo esperaba ya, metido en su papel de yayo preocupado por su “nieta favorita” y nosotros pálidos, de la carrera que nos acabábamos de dar. El pobre abuelo, dijo, entre pequeños intentos de risa camuflados con el falso enfado: - Queda terminantemente prohibido bajar a la cueva-. Mi prima no lloró. Solamente preguntó que qué es lo que había allí abajo. El abuelo, lógicamente, no contestó.

A “Antoñita la Fantástica” nunca más se le ocurrió llevar a cabo otra de sus hazañitas. Volvió a jugar al escondite con nosotros. Mi abuelo, mi primo Pepe y yo todavía nos reímos. Lo mejor es que ella todavía no sabe qué es lo que vio esa mañana, y mucho menos para qué mi abuela tira las sobras de la comida por el canal sin fondo al que tanto miedo llegó a coger.


miércoles, 30 de enero de 2008

EL SECRETO DE MI ABUELO

Cuando era pequeña la mayor parte del tiempo lo pasaba en casa de mis abuelos maternos. La casa es el típico edifico antiguo de pueblo: una gran mole situada en el centro de la villa, con muros de blanquizca piedra caliza, grandes ventanales marrones de madera, balcones alargados desde los que ver las procesiones y portones con pesados llamadores de bronce.
La vivienda, una casona del siglo XVII, había pertenecido a una familia noble y el ambiente refinado todavía se podía respirar. Las paredes de las estancias están recubiertas de telas de colores, diferentes todas ellas, con cenefas que van rematando las uniones.
Mis abuelos conservan todavía algunos objetos antiguos de aquella familia noble. Unos candelabros de plata enormes que ocupan toda la chimenea de la sala principal, unas sillas renacentistas, un tapiz gigantesco, colocado en la escalera; y algo que a mí siempre me gustó: unas tinajas de barro cocido de las que mis primos y yo ya nos habíamos cerciorado que no contenían ni una ínfima gota de vino.

De la cocina os puedo decir que hay una especie de canal sin fondo que comenzaba debajo del fogón y en el que, por más que me asomaba y gritaba, ni se veía ni se escuchaba nada. Mi abuela tiraba por ese canal, de vez en cuando, la comida que sobraba. Nunca le pregunté por qué. Tampoco me interesó. Sería un contenedor de basura, pensaba.

El suelo es de madera de nogal ¡y cruje! No os podéis imaginar cómo cruje el maldito suelo por la noche. Los techos son altísimos y, a veces, si surge el silencio (cosa difícil en esta casa) se puede escuchar hasta el eco de un simple parpadeo. Cuando mis primos y yo jugábamos al escondite, siempre adivinábamos dónde estaba el otro porque el chirrido producido al mover una silla sonaba en las estancias colindantes y a mí me era muy fácil, después de haberme recorrido la casa de arriba abajo, saber de dónde provenía ese afortunado ruido.


La casa de mis abuelos, como todas casas de pueblo (y más de estas dimensiones), tiene también su patio y su cueva. El patio es descomunal. De pequeña jugaba a calcular cuántos elefantes cabrían en él y nunca conseguía dar con un número que me satisficiese porque todo se me hacía poco. Las paredes están encaladas. Mi abuela y mi madre siguen con la tradición de blanquearlas cuando va a llegar la primavera. Y la cueva, ¡ay la cueva!. De ella nadie quería hablar nunca.

Como siempre mis primos y yo corríamos casa arriba, casa abajo, vuelta en el patio... otra vez corriendo hacia arriba... y un día, maquinando ideas macabras, decidimos entrar en la cueva. El subterráneo es bastante grande. Nada que ver con una entrada por la que acceder agachado. No. En la de mis abuelos se podía celebrar hasta una boda.
Llevar a cabo nuestra recién ocurrida hazaña no era algo fácil si contamos con que había dos grandes tablones colocados verticalmente en la entrada, de unos dos metros de alto, y que nosotros teníamos ocho años. Mi abuelo, además, nos tenía terminantemente prohibido cualquier intento de asalto al subterráneo. Bajo ningún concepto podíamos hacer lo que un minuto después hicimos. Él decía que abajo había unos gases tóxicos que te hacían enfermar para siempre. Pero nosotros no le creíamos. Sabíamos que había algo más.

Y allí estábamos nosotros, intentando retirar entre los tres uno de los tablones. Cuando por fin conseguimos habilitar un pequeño hueco decidí que entraría yo, por ser la mayor y por ser a quién se le había ocurrido la idea. Con una linterna en cada mano empecé a descender las escaleras. Estaba muy oscuro y, cuanto más bajaba, más frío hacía. Las paredes eran de tierra rojiza y estaban llenas de telarañas. Los pasos retumbaban en el dichoso eco. Impaciente y, a la vez, un pelín temerosa, seguí bajando los escalones. Cuando había recorrido un tercio de la escalera empecé a notar un hedor húmedo, como si hubiese un animal muerto allí abajo, más insoportable cuánto más descendía. Yo había ido preparada y me até un pañuelo para cubrirme la nariz y la boca. Comencé a sentirme sola. Ahora ni siquiera se escuchaba nada de lo que mis primos estaban hablando pero, firme a mis instintos, seguí bajando la escalera que me llevaría a descubrir el secreto que mi abuelo guardaba en esa cueva.
De repente, escuché un ruido. O mis primos me habían seguido el rastro, (cosa difícil porque eran muy miedosos), o allí había alguien más. Pero yo seguí bajando. La escalera era cada vez más ancha y la temperatura había comenzado a subir. Pero el pestilente olor no desaparecía. Otra vez, escuché otro ruido. El instinto me llevó a alumbrar con las dos linternas hacía el frente. Algo se movió. Avance un paso más y me di cuenta de que acababa de pisar algo. Alumbré el suelo y vi, con asombro, un chorizo, unos trozos de pan que crujieron con mi pisada y un charco blanco. -¿No habíamos comido ese día cocido?- me pregunté. Y al levantar la cabeza una figura más pequeña que yo, erguida, cruzó ante mí, sin pararse, como un rayo.
El miedo me recorrió de pies a cabeza, como si hubiese metido los dedos en un enchufe y la corriente se estuviese repartiendo mis miembros. Al final, abandoné la operación.
Subí de dos en dos la escalera. Notaba que las piernas no me daban de sí. El camino de vuelta se me hizo eterno.

Al llegar arriba mis primos estaban asustados y acababan de llamar a mi abuelo. Me vio salir de la cueva. Él estaba pálido y, a la vez, enfurecido. No me preguntó por qué lo había hecho y menos me respondió cuando le pregunté qué había allá abajo. Tan solo se limitó a decir: -Está terminantemente prohibido bajar a la cueva-.
Después, nadie comentó nada de lo sucedido. Mi abuelo tapió la entrada con ladrillos y colocó encima una puerta de madera, vieja y pesada, con varios candados y cerrojos. Ahora sí era imposible entrar, aunque no se me volvió a pasar por la cabeza. Ni a mí ni a mis primos.

Nunca supe ni tampoco quiero saber qué es lo que vi allá abajo. Por lo menos ahora sabía a dónde iba a parar la comida que mi abuela tiraba por aquel canal sin fondo de debajo del fogón.

viernes, 25 de enero de 2008

El silencioso talento, brillar oscuro de la noche, me estremece de placer... Que me caiga la luna para apretarla y exprimir hasta la última gota de su esencia y calmarme la sed...